La mirada del espectador

Un espectador accidental o Las ocho de la tarde pretende que cada espectador elabore su propio mensaje, que le otorgue a la obra un sentido propio construido a partir de su mirada. Creemos que ese es el mayor grado de participación que puede tomar el público. Ahora bien, sabemos que es una pretensión difícil de alcanzar: ¿es posible carecer de mensaje predefinido? 

Pablo Messiez habla a menudo del espacio de repercusión, ese que genera la propuesta escénica para dejar al espectador la posibilidad de construir su propio mensaje. «Más que atar la obra a un sentido único, porque en este caso lo que puede pasar es que el teatro se convierta en una especie de altavoz de mensajes en vez que de ser una caja de resonancia de los sentidos de quien mira.» (Pablo Messiez, http://www.artezblai.com/artezblai/pablo-messiez-el-teatro-es-siempre-contemporaneo.html

El teatro ha jugado en muchas ocasiones ese rol de altavoz de mensajes. Hoy en día es habitual encontrarse espectáculos que se sustentan en discursos que dejan poco espacio a dicha participación, más allá del asentimiento colectivo de quienes ya acuden al teatro convencidos con dicha línea de opinión.

En el patio de la Sala Mirador de Madrid se lee un famoso lema: “Cuando el parlamento es un teatro, los teatros deben ser parlamentos”. Incluso si se está de acuerdo, cabría preguntarse entonces cuál es el sitio para el arte escénico. A dónde se debe acudir para celebrar la belleza de ese rito de cuerpos que se juntan para compartir un mismo momento, una belleza elaborada a partir de la mirada individual pero también compartida.

Pareciera que toda obra debiera conllevar un mensaje. Y si el mensaje no es claro, pareciera que el espectador tuviese que desvelar el acertijo: ¿qué me ha querido transmitir el equipo artístico a través de la obra? 

Y nosotros nos preguntamos, ¿es posible la obra sin que guarde un mensaje predefinido que se pretenda que sea recibido por el espectador? Quizá la música nos indica el camino. Y aunque en el teatro los personajes hablan, miran y expresan opiniones, nosotros creemos que sí se puede. Con esa intención hemos afrontado nuestro Espectador accidental, sabedores de los riesgos que conlleva, como aquellos que advierte Jacques Rancière en El espectador emancipado (2010):

Se dirá que el artista no pretende instruir al espectador. Que se guarda mucho, actualmente, de utilizar la escena para imponer una lección o para transmitir un mensaje. Que solamente quiere producir una forma de conciencia, una intensidad de sentimiento, una energía para la acción. Pero lo que siempre supone es que lo percibido, sentido, comprendido es aquello que él ha puesto en su dramaturgia o en su performance. Presupone siempre la identidad de la causa y el efecto. Esta supuesta igualdad entre la causa y el efecto reposa a su vez sobre un principio no igualitario: reposa sobre el privilegio que el maestro se otorga, el conocimiento de la distancia «correcta» y del medio de suprimirla. 

Un espectador accidental o Las ocho de la tarde intenta no caer en esa presunción de la que alerta Ranciére. Esa es la intención. Apuntamos en esa dirección. Asegurar que lo hemos conseguido sería tan pretencioso como decir que hemos llegado a alcanzar la belleza. Nos conformaríamos con haberla rozado.

Jorge Jimeno