Reseña en Primaduroverales

Abril 5, 2021, Por María Sánchez Robles.

Anoche sentí la música. Anoche sentí la poesía. Anoche sentí una relajación inusitada. Y no fui al spa, ni a un recital ni a un concierto. Fui al encuentro del arte en mayúsculas: así es Un espectador accidental o Las ocho de la tarde, un sencillo encuentro con la Luna que te eclipsa. Y es que de esta obra se desprende un algo luminoso, un cuerpo brillante y gravitatorio que te invita a columpiarte del satélite y preguntarte: ¿todavía es posible parar el mundo y bajarse? 

Si a veces se te pasa esta cuestión por la cabeza, la respuesta es sí. Hay un espacio donde el teatro se cuela, donde el arte todavía puede entrar, y donde los ritmos le plantan cara a los trepidantes de Netflix; en este espacio suena el piano en directo —a cargo del músico Iván Sangüesa— , el corazón se amansa y la mente, siempre en ebullición, se atreve a entender desde el amor y no solo desde la cabeza.

La compañía Montajes en el Abismo, compuesta por Ana de la Hoz y Jorge Jimeno, nos plantean en su última creación algunas preguntas de sumo interés que solo pausadamente y de la mano de la fantasía y del humor debemos abordar: ¿de qué tenemos miedo? ¿Quién pone las reglas? ¿Somos todos una panda de cobardes? ¿En qué consiste ser “un buen ciudadano”? Cuando salías a aplaudir durante el confinamiento, ¿a quiénes veías?

Bajo una crítica a la narrativa empleada durante el confinamiento, marcada por la metáfora de la guerra, y a través de la belleza de dos cuerpos que no pueden tocarse, pero que necesitan cuidar y ser cuidados, Jorge Jimeno, el autor del texto, nos presenta a dos personas encerradas en sus pisos de treinta metros cuadrados, con sus rutinas, sus días buenos y malos. Él, un coach entrañable que hará que lo quieras y lo rechaces al mismo tiempo; ella, una aparentemente amargada ciudadana que no comprende el acto social público y masivo de mayor empatía  de los últimos tiempos: los aplausos a las ocho de la tarde.

UN ESPECTADOR ACCIDENTAL_cartel_v.3_50x70

¿Tú salías a aplaudir o, como nuestra protagonista, no compartías ese momento hasta que un día la cabeza te hizo clic? O, ¿más bien el corazón? En ese acto, en el que todos los días a la misma hora, nos encontrábamos con el otro, con el desconocido, con el observador, el testigo y el espectador, ¿qué ocurría?

Jorge y Ana, espléndidamente dirigidos por Verónica Pérez, nos plantean una obra sobre nosotros y sobre una vida donde las reglas y el apego a la imagen rigen nuestras acciones pero, ¿es esta la vida que has elegido vivir? ¿Hay otras? ¿Se pueden cambiar las reglas del juego? ¿Pesan demasiado nuestros cuerpos como para ir a buscar la Luna, o todo es posible?

Sin duda alguna, en la magia del teatro es posible. Es posible revivir el momento de los aplausos y es posible callar y solo observar, encarnar mejor que nunca el papel de espectador silente pero no por ello inactivo, pasivo o en estado de evasión: pues, al igual que solía hacer Bertolt Brecht en sus obras, en esta se rompe la cuarta pared y el espectador, aunque no habla, se involucra. Pone su cuerpo en juego y al salir del teatro, lo nota. Se notará flotar cual astronauta de viaje a la Luna.